Mini mininos

lunes, 16 de febrero de 2015

Al vet... de urgencia

El 23 de diciembre casi me morí del susto cuando me di cuenta de que una de tus mamas había, literalmente, estallado. Una costra, mezcla de leche, pelos y materia, se te había formado y la mitad de la misma estaba desprendida dejando entrever un cráter tan profundo que cabía la punta de mi dedo meñique, sin problemas. (Pondría la foto pero no es chiste que asusta, así es que mejor que no). Llamé a la veterinaria móvil que acostumbra a recorrer el barrio vociferando por un alto parlante y aunque llegaron casi de inmediato solo te hicieron una limpieza con suero. Necesitabas cirugía y debían llevarte a la clínica pero era una clínica que ni tú ni yo conocíamos. Me opuse.

Te metí en la caja que tanto odias, dejé a tus niños dentro del closet y nos fuimos, rajadas, al Hospital veterinario de la Chile que queda en Bilbao. Eran las 11 de la mañana y como, por alguna razón, en esas fechas están siempre colapsados, te podían atender recién a las 5 de la tarde. ¡Horror! No podías esperar tanto rato. Me puse a llorar de la impotencia y te instalé de nuevo en el asiento del copiloto del jeep. Ahí se me prendió la ampolleta.



Afortunadamente tu veterinaria preferida, que según yo tendría cerrado hasta el 26, respondió el celular y me ordenó ir de inmediato, así de dramático era mi tono de voz. Se imaginó la peor tragedia posible, que algo muy malo le había ocurrido a tus bebés. Me pidió que me calmara y me hizo la pregunta clave: ¿le dieron Contralac?. Y no poh! no te habían dado nada para cortar la producción de leche. Eso sumado a que tenías esa mamita obstruída, hizo que se acumulara la leche y la infección hasta que BOOM! tenía que reventar. Con un par de puntos quedarías como nueva pero nos preocupaba que no resistieras la sedación y te durmieras para siempre.  La Clau te puso entonces en la balanza. Pesaste 4,3 kilos, al borde del sobrepeso, luego hizo un cálculo mental y decidió inyectarte solo la mitad de la dosis que correspondía a un peso de 3,8 kilos. Mi pobre chiquiturra, eso fue suficiente para que quedaras grogui y pudiera coserte la herida.

 Te seguí hablando en todo momento, explicándote que estábamos haciendo nuestro mejor esfuerzo para que las cosas resultaran bien, para ti y tus bebitos. Y continué conversándote en el trayecto de regreso a casa. Había sido una suerte, después de todo, que no te hubieran operado en la clínica de la Chile, porque de seguro te anestesiaban por libro y otra historia se habría escrito.

Sé que odias el collar isabelino, el cono de la vergüenza, la prima lámpara o como la quieras llamar, pero no había otra forma de cuidarte los puntos, sobre todo con esos cinco chiquilines que, por culpa de las dos horas de atraso en sus mamaderas, parecían unas verdaderas marabuntas.


miércoles, 4 de febrero de 2015

Creciendo gramo a gramo

¡Tus bebés eran minúsculos! Me moría de la pena cuando cerraba la puerta del closet y tenía que dejarte del lado de afuera pero era la única forma de controlar que no se acercaran a tus tetitas inflamadas. Era evidente que ellos, con sus ojitos aún cerrados la primera semana, también te echaban de menos, pero después de tomar la leche y los veinte minutos que demorabas en darles su "baño", hacían un montoncito como si fueran rugbistas, y dormían la mayor parte del tiempo.


Averiguamos, otra vez en internet, que pesándolos era la única forma de saber si los esábamos alimentando bien. El 17 de diciembre fue la primera vez que los subimos a la balanza de precisión que uso para mis trabajos en vidrio: el más grandote resultó ser Doctor Who con 186 gramos y le siguieron Rose Tyler, Tom Baker y Amy Pond con 178, 176 y 172. Pero River Song, que se veía de casi la mitad de porte que el resto, apenas llegaba a los 108.

¡Si hubieras visto mi cara cuando abrieron los ojitos! Habría jurado que se quedaban mirándome fijo mientras tomaban sus mamaderas pero después supe que, al principio, esa mirada profunda y negra, solo percibía luces y sombras poco definidas.


No me tomaba descanso. Cada tres horas les preparaba sus papas, se las daba, te ponía tu Nomames, supervisaba tu estadía con ellos, te regaloneaba un ratito, lavaba las mamaderas y volver a comenzar... Era la única forma de lograr que fueran unos mininos sanos y fuertes. Seguí una rutina diaria, por reloj, incluyendo la balanza de las 4 de la tarde y el llenado de planilla.

Pasamos la Nochebuena tranquilos, en familia... solitos los diez. Y para el Año Nuevo, tus pequeños estaban en perfectas condiciones de salud. La, para nosotros, "flacucha" de River Song era la única que tenía el peso apropiado para su edad, el resto, querían seguir siendo rugbistas.







lunes, 26 de enero de 2015

Los obstáculos del camino

Mi mayor asombro fue tu esmero por la limpieza, diría que rayabas en la obsesión. Y es que la  experiencia que yo tenía en estos asuntos me la había dado la Britannia, y era poquísima porque ella tuvo a sus bulldoguitos por cesárea.

Tus cinco crías mamaban y mamaban y tú no los parabas de lamer. La primera señal del problema que se presentaría fue una de tus tetitas que comenzó a sangrar... No hubo un segundo en que Amy le diera tregua. Al quinto día fue evidente el dolor que sentías y vino una vet. Te diagnosticó una mastitis lo que implicó un pinchazo para evitar que continuara inflamándose y una receta con antibióticos por diez días para combatirla. Tus guaguas no podrían seguir mamando porque a través de tu leche tomarían los mismos antibióticos y para ellos eso sería fatal. Compramos un par de mamaderas enanas y un pote de Mamistop Gato para alimentarlos por ti.


El primer intento fue angustiante. Era fácil entender que succionar un pedazo de goma era muy distinto a ti, y que ninguno de los cinco aceptara el cambio. Pensé que no podría ayudarte y que los chiquititos se morirían de hambre. Para nuestra fortuna ahí estaba tu papá humano quien con mucha paciencia les enseñó a ellos y de paso a mí... Fui tan feliz cuando esas cositas bellas, que aún no abrían los ojos, comenzaron a chupar. El más rápido era siempre Baker y Amy siempre se tomó su tiempo, pero todos por igual, chillaban esperando que llegara su turno.

La idea era que después de darles su alimento tú pudieras limpiarlos e incentivarlos a hacer pipí sin correr riesgos pero ¿puedes creer que no encontré en ninguna tienda algo que pudiera mantener tus mamas escondidas de tan voraces pequeños? Así es que con un trozo de tela te inventé el "Nomames", una especie de faja que abotoné en tu lomo y nos alivianó la pega a las dos.

El 23 de diciembre se levantó una costra que tenías junto a una mama... literalmente, explotó y te dejó un cráter gigante. Una vet a domicilio te limpió la herida a eso de las 10 de la mañana pero insistió en que requerías de cirugía y quería llevarte a su clínica. Optamos por llevarte a una más cercana pero no podían atenderte si no hasta las 5 de la tarde. No quería que mi llanto te pusiera más nerviosa de lo que ya estaba adentro de tu jaulita, pero recordaba que tu vet de cabecera no atendería esos días de fiesta y no sabía qué hacer. La llamé igual y partimos a Recoleta de urgencia. Te sedó, con todos los cuidados que tu condición de salud requiere, y te puso un par de puntos.

¡Pobrecita! Gracias al collar isabelino, a otra tanda de antibióticos y a la faja Nomames seguías sin poder disfrutar de tus niños como hubieras querido.


martes, 20 de enero de 2015

El milagro

Unos trinos me despertaron a las 4:15 de la madrugada. Había poca luminosidad como para que los pajaritos comenzaran a cantar pero más extraño que eso, fue que el sonido viniera desde dentro del closet donde estabas. Me asomé con sigilo y alumbrando con una linterna pequeña pude ver como lamías a tu primer bebé: Rose "Tyler".

Devoción, prolijidad, esmero... apenas me miraste por el rabillo del ojo y, dándome a entender de que todo estaba bien, continuaste con tu tarea de ser mamá.

Le avisé a Tony y corrió para esperar el momento en que llegara la segunda cría. Emma y House gimoteaban intuyendo que algo importante estaba ocurriendo en el dormitorio de al lado así es que los fui a calmar y me quedé con ellos. La verdad es que preferí quedarme fuera para tranquilizarme yo. Parecía primeriza... en verdad lo era.

Recién una hora y quince minutos después, llegó "Amy" Pond y detracito de ella, apareció Doctor "Who". Tony me whatsappeaba que fuera a estar contigo y algo en mi interior me hacía no poder.
 

Parece que fueron 3! 06:20 ✓

Buen número, después de todo ;-) 06:21 ✓

Tarea cumplida, Garanola  06:23 ✓

Voy a verla ¿te quedas un rato con los perros? 06:25 ✓

OK! 06:25 ✓
...

Yo cuento 4 cabezas!!! 06:33 ✓

No, mira bien, prende la linterna del iPhone 06:34

Tony! Te digo que son 4! Veeeeen.  06:37

Pera un poco 06:37

Cuando llegó hice el conteo en voz alta, para que puediera seguirlo él también, y le apunté cada cabeza con el dedo índice, "una, dos... Ay, ay, ay —exclamé alharaqueando después de decir el cuatro— algo se le está saliendo a la Granolita". Y ese algo se llamó "River" Song, que expulsaste de tu vientre a las 6:44, catorce minutos después de Tom "Baker".

No puedes imaginarte lo que eso fu para mí: presenciar el nacimiento de esa pequeñita, a la que sus hermanos doblaban en tamaño, me quitó por unos segundos la respiración. Sentí como si hubiera sido yo la que tuvo a los quintillizos.

lunes, 19 de enero de 2015

La previa

Ese domingo 7, cuando llegué a casa después de hacer algunas compras para el asado con los Páez-García, me saliste a recibir con escándalo: la mejor copia del "Emma & House style", como si no me hubieran visto en meses. Zigzagueaste entre mis piernas, más de una vez, y me pediste que te siguiera. Asumí que tenías hambre así es que, sin siquiera sacarme la cartera, fui a rellenar tu platito de comida en la cocina. Sin embargo, repetiste el ondulante movimiento y ni por casualidad te acercaste hasta los pellets. Te pregunté qué sucedía, si había llegado el momento, y dando el tenue grito que tu deteriorado sistema respiratorio te permitió, insististe con la petición de que te siguiera. Esta vez me llevaste al segundo piso. El closet de mi dormitorio era uno de las cuatro posibles escenarios, bajo mi humana percepción, para que te sintieras cómoda dando a luz. Apenas te arrellanaste en el cojín que había dispuesto y oliste la toalla amarilla donde acostumbras a descansar, no tuve dudas de que mi propuesta te había parecido la adecuada.


Aunque tu pancita parecía que iba a explotar, no sabía a ciencia cierta en cuánto tiempo más empezaría el evento y, por lo tanto, no había otra cosa más que hacer que continuar con el asado. Eso sí, te fui a ver cada media hora. Era tan linda tu mirada, Granolita, tan plácida, y yo solo tenía una chorrera de preguntas: cuánto ibas a demorar en el parto, cuántos gatitos traerías a la vida, cómo te podía ayudar... Habíamos buscado casi todas las respuestas en internet y, a pesar de todo lo que estaba escrito, me sentía tan inútil. A eso de las 12 de la noche me fui a acostar. Solo yo en el dormitorio donde estabas. Tony durmió, con Emma y House, en la pieza de alojados, para darte mayor tranquilidad. Había una única cosa de la que estaba segura, y era de que el aumento de la familia estaba por suceder en cualquier momento.


jueves, 15 de enero de 2015

Está más gordita ¿no?

Era habitual que me pidieras comida varias veces al día y, como tengo una mano pequeña, estaba acostumbrada a que siete puños fueran la medida necesaria para tenerte bien alimentada. Al irnos de vacaciones, sin embargo, y para ser bien precisa, le dejé a la mamá Lucy, que te vino a cuidar, un mug de plástico con la marca correspondiente a los 60 grs de Royal Canin Fit 32 que necesitabas al día.

La molesté incansablemente preguntando cómo estabas tú y tus hermanitos, Emma y House, y ella les sacaba fotos para mandármelas por whatsapp y dejarme tranquila. Se portaron como unos angelitos. Y cuando regresamos, vaya alboroto de felicidad el que armaron...

Algunos amigos, que te ven por lo menos una vez a la semana, mencionaron, más de una vez, que tenías un "notorio" engrosamiento abdominal. Por supuesto que sí, para mí estabas tan repuesta de todos tus achaques y tan rebosante de salud, pero cierto día en que la mamá Lucy vino de visita y se quedó a alojar, fue temprano a la cocina a preparar el desayuno y, como era lógico, la acompañaste pidiéndole el tuyo. Minutos después me les uní y pude ver como esparcías los pellets a diestra y a siniestra.


¿No le habrás dado mucha comida a la Granola, mamá?
Le puse exactamente la medida del tazón.
¿Los sesenta gramos?
Claro.
—Pero eran para repartirlos a lo largo del día, mamá, no de un puro sopetón.

Más que clara me quedaba la razón de tu aumento de peso y, convencida me dejaba de que no tenía que ver con preñeces ni con tu escapada furtiva.


martes, 13 de enero de 2015

Una gatita de juerga

Has sido una consentida desde que, toda debilucha, llegaste a nuestras vidas en Noviembre del 2013. Por tu condición requerías de especiales atenciones y nuestra mayor preocupación era que subieras los mil ochocientos gramos que marcaba la balanza. Con esa misión cumplida, me concentré en que estuvieras lo más contenta posible para que no te dieran ganas de arrancarte, jamás. "Donde mis ojos te puedan ver" te decía apenas asomabas tu nariz por el jardín y nunca renegaste hasta que, el 5 de octubre del año pasado, se te ocurrió salir de excursión.

Te subiste al muro y pasaste al jardín de la casa del lado. Y a la del lado de esa. Y a la del lado de aquella también.  Se nos fue el día sociabilizando con los vecinos, tú con la Kitty, Silvestre y los tres que nunca supe el nombre y yo preguntándole a sus dueños si tus amigos había sido esterilizados... Jurábamos de guata que la sabia naturaleza todavía te consideraba una gatita débil y apostábamos a que
tú sí lo estabas porque de seguro habías sido "de casa".

Pero llegó la noche y tú no regresabas. Salí a la calle a preguntar por ti: "¿Con una plaquita fucsia en forma de corazón? Sí, yo la vi", "Los míos ya están durmiendo", "Pasó de carreritas por aquí pero hace raaato", "Amorosa ella ¿cómo dices que se llamaba?"... Granola, vocifereé tu nombre varias veces, mas no hubo caso, no habían rastros de ti. Te dejé abierta una ventana y la luz prendida para que te dieras cuenta y pudieras entrar sin dificultad. Me tuviste toda la noche en vela.

A la mañana siguiente,
un gato que custodiaba la ventana abierta corrió despavorido gracias al alboroto que armaron Emma y House al salir. A ti  te encontré en el borde del muro del otro lado de la casa con una mirada tan distinta a la que me tenías acostumbrada. Me acerqué y apenas me dejaste tomarte en brazos. No tenías señales visibles de haberlo pasado mal, ni un rasguño, ni un pelón, menos sangre. Pero no quisiste comer, solo tomaste unos sorbitos de agua y te arrellanaste sobre el horno para vidrio durante todo el día. Recién al anochecer, te subiste a mi regazo y comenzaste a amasarme. Habías regresado.