El 23 de diciembre casi me morí del susto cuando me di cuenta de que una de tus mamas había, literalmente, estallado. Una costra, mezcla de leche, pelos y materia, se te había formado y la mitad de la misma estaba desprendida dejando entrever un cráter tan profundo que cabía la punta de mi dedo meñique, sin problemas. (Pondría la foto pero no es chiste que asusta, así es que mejor que no). Llamé a la veterinaria móvil que acostumbra a recorrer el barrio vociferando por un alto parlante y aunque llegaron casi de inmediato solo te hicieron una limpieza con suero. Necesitabas cirugía y debían llevarte a la clínica pero era una clínica que ni tú ni yo conocíamos. Me opuse.
Te metí en la caja que tanto odias, dejé a tus niños dentro del closet y nos fuimos, rajadas, al Hospital veterinario de la Chile que queda en Bilbao. Eran las 11 de la mañana y como, por alguna razón, en esas fechas están siempre colapsados, te podían atender recién a las 5 de la tarde. ¡Horror! No podías esperar tanto rato. Me puse a llorar de la impotencia y te instalé de nuevo en el asiento del copiloto del jeep. Ahí se me prendió la ampolleta.
Afortunadamente tu veterinaria preferida, que según yo tendría cerrado hasta el 26, respondió el celular y me ordenó ir de inmediato, así de dramático era mi tono de voz. Se imaginó la peor tragedia posible, que algo muy malo le había ocurrido a tus bebés. Me pidió que me calmara y me hizo la pregunta clave: ¿le dieron Contralac?. Y no poh! no te habían dado nada para cortar la producción de leche. Eso sumado a que tenías esa mamita obstruída, hizo que se acumulara la leche y la infección hasta que BOOM! tenía que reventar. Con un par de puntos quedarías como nueva pero nos preocupaba que no resistieras la sedación y te durmieras para siempre. La Clau te puso entonces en la balanza. Pesaste 4,3 kilos, al borde del sobrepeso, luego hizo un cálculo mental y decidió inyectarte solo la mitad de la dosis que correspondía a un peso de 3,8 kilos. Mi pobre chiquiturra, eso fue suficiente para que quedaras grogui y pudiera coserte la herida.
Te seguí hablando en todo momento, explicándote que estábamos haciendo nuestro mejor esfuerzo para que las cosas resultaran bien, para ti y tus bebitos. Y continué conversándote en el trayecto de regreso a casa. Había sido una suerte, después de todo, que no te hubieran operado en la clínica de la Chile, porque de seguro te anestesiaban por libro y otra historia se habría escrito.
Sé que odias el collar isabelino, el cono de la vergüenza, la prima lámpara o como la quieras llamar, pero no había otra forma de cuidarte los puntos, sobre todo con esos cinco chiquilines que, por culpa de las dos horas de atraso en sus mamaderas, parecían unas verdaderas marabuntas.
¡Tus bebés eran minúsculos! Me moría de la pena cuando cerraba la puerta del closet y tenía que dejarte del lado de afuera pero era la única forma de controlar que no se acercaran a tus tetitas inflamadas. Era evidente que ellos, con sus ojitos aún cerrados la primera semana, también te echaban de menos, pero después de tomar la leche y los veinte minutos que demorabas en darles su "baño", hacían un montoncito como si fueran rugbistas, y dormían la mayor parte del tiempo.
Averiguamos, otra vez en internet, que pesándolos era la única forma de saber si los esábamos alimentando bien. El 17 de diciembre fue la primera vez que los subimos a la balanza de precisión que uso para mis trabajos en vidrio: el más grandote resultó ser Doctor Who con 186 gramos y le siguieron Rose Tyler, Tom Baker y Amy Pond con 178, 176 y 172. Pero River Song, que se veía de casi la mitad de porte que el resto, apenas llegaba a los 108.
¡Si hubieras visto mi cara cuando abrieron los ojitos! Habría jurado que se quedaban mirándome fijo mientras tomaban sus mamaderas pero después supe que, al principio, esa mirada profunda y negra, solo percibía luces y sombras poco definidas.
No me tomaba descanso. Cada tres horas les preparaba sus papas, se las daba, te ponía tu Nomames, supervisaba tu estadía con ellos, te regaloneaba un ratito, lavaba las mamaderas y volver a comenzar... Era la única forma de lograr que fueran unos mininos sanos y fuertes. Seguí una rutina diaria, por reloj, incluyendo la balanza de las 4 de la tarde y el llenado de planilla.
Pasamos la Nochebuena tranquilos, en familia... solitos los diez. Y para el Año Nuevo, tus pequeños estaban en perfectas condiciones de salud. La, para nosotros, "flacucha" de River Song era la única que tenía el peso apropiado para su edad, el resto, querían seguir siendo rugbistas.