Ese domingo 7, cuando llegué a casa después de hacer algunas compras para el asado con los Páez-García, me saliste a recibir con escándalo: la mejor copia del "Emma & House style", como si no me hubieran visto en meses. Zigzagueaste entre mis piernas, más de una vez, y me pediste que te siguiera. Asumí que tenías hambre así es que, sin siquiera sacarme la cartera, fui a rellenar tu platito de comida en la cocina. Sin embargo, repetiste el ondulante movimiento y ni por casualidad te acercaste hasta los pellets. Te pregunté qué sucedía, si había llegado el momento, y dando el tenue grito que tu deteriorado sistema respiratorio te permitió, insististe con la petición de que te siguiera. Esta vez me llevaste al segundo piso. El closet de mi dormitorio era uno de las cuatro posibles escenarios, bajo mi humana percepción, para que te sintieras cómoda dando a luz. Apenas te arrellanaste en el cojín que había dispuesto y oliste la toalla amarilla donde acostumbras a descansar, no tuve dudas de que mi propuesta te había parecido la adecuada.
Aunque tu pancita parecía que iba a explotar, no sabía a ciencia cierta en cuánto tiempo más empezaría el evento y, por lo tanto, no había otra cosa más que hacer que continuar con el asado. Eso sí, te fui a ver cada media hora. Era tan linda tu mirada, Granolita, tan plácida, y yo solo tenía una chorrera de preguntas: cuánto ibas a demorar en el parto, cuántos gatitos traerías a la vida, cómo te podía ayudar... Habíamos buscado casi todas las respuestas en internet y, a pesar de todo lo que estaba escrito, me sentía tan inútil. A eso de las 12 de la noche me fui a acostar. Solo yo en el dormitorio donde estabas. Tony durmió, con Emma y House, en la pieza de alojados, para darte mayor tranquilidad. Había una única cosa de la que estaba segura, y era de que el aumento de la familia estaba por suceder en cualquier momento.

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